Hostelería Comunitat Valenciana. EFE.

Monocultivismo y la España de hoy mismo

Hace 10.000 años aproximadamente y de forma progresiva tuvo lugar la primera y posiblemente más importante revolución del mundo humano. Se cree que, sostenida en un cambio del clima hacia uno más amistoso y liviano en ciertas partes del planeta, el ser humano comenzó a establecerse, asentarse, fortalecerse, cultivar, criar y, en resumidas cuentas, abrirse a la infinidad de posibilidades que ofrecía el no depender de la circunstancia, la eventualidad, la recolección y la caza, situaciones tan aleatorias como traicioneras muchas veces.

No dejó, por supuesto, el humano de cazar o recolectar, pero sí comenzó a labrar, estabular, construir y, ya puestos, decorar en torno a su establecimiento particular. Una nueva forma de ser y estar vino a darse en aquellos homos con mucho camino aún por andar. No es casualidad que fuera entonces cuando el ser humano empezara a hacer más hincapié en, por así decirlo, lo superfluo o innecesario como complemento de lo cotidiano y más puramente funcional.

Así, se desarrollaron, junto con la ganadería y el cultivo, artesanías como la alfarería, la cestería, la decoración rupestre o la manufacturación de herramientas. Todo ello dio lugar al excedente, que rápidamente empujaría a esas antiguas sociedades al protocomercio de la mano del trueque.

De este modo la sociedad principió y fundó una estructura y un orden comunitario que favoreció la ya definitiva emancipación del humano de lo salvaje e incivilizado. Aquí, el ser humano da sus primerizos pasos en el pensamiento, la reflexión y el trabajo resultante de ambas ideas anteriores. En definitiva, el humano pasó a serlo; ser humano; y a estarlo en un asentamiento fijo.

Del ser y el estar vino el pensar, y ellos bien supieron repartir las cosechas, la pesca, la siembra, el riego, el esquilar, el ordeñar o la matanza, para que esa circunstancia traicionera y aleatoria de la que antes hablábamos, sólo se diera tras la más absoluta y, si bien acertada la localización, poco probable catástrofe.

El trigo, la cebada, la lenteja, el garbanzo, la zanahoria, la pera de invierno y la de verano y demás incontables especies hortícolas, forrajeras, poáceas, etc. fueron muchos de los cultivos que conformaban la agricultura mediterránea de esa época. Éstos se alternaban temporada a temporada generando un vínculo circular que abarcaba todo solsticio y equinoccio, alimentando al poblado y a sus bestias domésticas que, una vez bien cebadas, prestaban lana, leche, carne o asistencia en las muchas labores que se ofrecían en la comunidad.

Ahora bien, ¿por qué los introduzco al mundo neolítico, agrícola e histórico-económico en el ya bien entrado siglo XXI? ¿qué tendrá que ver el fracaso escolar con todo esto? Pues me temo que demasiado.

Con esto vengo a decirlos que, desde hace mucho más que 21 siglos, los humanos, naturalmente, han evitado cultivar una sola cepa, un solo ámbito, una única disciplina y una y ninguna más contingencia, particularidad o posibilidad; al contrario de cómo hacemos ahora. Durante todo este tiempo metafórica y no tan metafóricamente, el homo ha huido del cultivo único, de lo que aquí bien nos referimos como “poner todos los huevos en la misma cesta”.

El ser humano, y las civilizaciones que lo han ido configurando, bien han sabido ofrecer un variado y concreto abanico de posibilidades a sus integrantes, para que cada persona tuviera una función, dedicara su empeño en algo y aportara y colaborara en la comunidad de forma más o menos esencial pero, en todo caso, única. No me malinterpreten pues, no me refiero a personas individuales únicas que ya desbordaban ese oficio y función, sino más precisamente a un tipo de persona que podía, por ejemplo, incluirse en el gremio X, barriada Y,  o poblado Z, desarrollándose en un trabajo que, en muchos casos lo relacionaba nominal o localmente. Por eso, como es mi caso, hay personas que se apellidan Herrero, o Pastor, Casero, Carpintero, Zapatero, Barbero, de Aranda, de la Hoz, de la Fuente, de Guzmán, del Arrabal o de la Torre, —y lo mismo sucede con las demás lenguas de España, además del Español—.

Por sabido, esto no significa que el Herrero deba pasar su vida en la fragua, el Casero en la pensión y el Pastor en el establo; pero sí denota una importante influencia del papel jugado por el oficio en la sociedad o de pertenencia a una localidad, calle, edificio o familia. Además, para seguir asustando fantasmas que ven en el oficio algo manual, opresor, antiguo y de poca importancia, también los hay Abogado, Alcalde, Valido, Boticario, Escudero, Conde o Barón; ocupaciones también en una comunidad, con una función y, lamentablemente a mi parecer, con mejor apariencia para algunos más cortos que largos.

Hoy en día, poco o nada importan los apellidos y no son más que un bello recuerdo de padres, abuelos, familia y ascendencia. Yo, porque soy así, sí he visitado una fragua una vez en mi vida, pero poco queda ya del calor de los fogones, el yunque y el repique del martillo en mí por muy Herrero que sea. Sin embargo, sí son importantes los oficios, el trabajo, el papel de cada uno en casa y en su comunidad. Todos al final somos alguien de algo, o de alguien. Somos hijos y somos hermanos, somos padres y abuelos, somos tíos y sobrinos; al igual que somos médicos, farmacéuticos, fontaneros, maestros, electricistas, biólogos e ingenieros.

Pero, aún siendo muchas cosas todos, en España se ha dado una situación inaudita en la historia del hombre. En España se ha vuelto al monocultivo paleolítico. Hemos vuelto a la circunstancia aleatoria de la caza y la recolección; a merced de lo que diga el entorno y, aún establecidos, estamos desasentados, inestables, sin ser capaces de formar parte de una comunidad, acomodarnos y empezar a desarrollar actividades esenciales y no tan esenciales, superfluas o innecesarias pero, al fin y al cabo, humanas. Ese monocultivo paleolítico en el que nos hayamos inmersos en la actualidad es el turismo y el ladrillo, la nueva caza y recolección; causa y consecuencia entre sí.

Hay municipios en nuestro país en los que exclusivamente se vive de esta materia tan volátil y dependiente. La realidad es que existe verdadero y fundado pánico a que colapse la hostelería pues, a día de hoy, ésta supone casi un 15% del PIB y un dato casi parejo en el porcentaje de empleados sobre el total; sin embargo, este 15% está profundamente interrelacionado con el resto de sectores y, en muchos casos, es el principalísimo empleador. Uno no tiene más que darse una vuelta desde el Cabo de Rosas hasta Playa de Isla Canela para ver lo insostenible de la situación. En esta franja costera, primero se popularizó el turismo, luego se edificó hasta el embarcadero, para acabar abarrotando todo de una economía únicamente enfocada al turismo, la hostelería, el ocio y todas las actividades derivadas, arrastrando a todos los medios de producción hacia una mayor, más accesible y destacable oferta hotelera y de restauración. Un único cultivo al que, con poca fortuna, si una desgracia ocurriese, con una ligereza escalofriante se vería arrasado por completo.

Bien es cierto que es un asunto complejo pues, hoy por hoy, aún con la Covid-19, la realidad es que esta economía ociosa da dinero; y mucho; y crea empleo, riqueza, restaura y da vida a casi todo nuestro país. Pero no deja de ser una gallina de los huevos de oro como lo fue la caza del bisonte o el mamut prehistórico en los grandes valles continentales: un lujo en su momento, que permitió al mundo tribal alimentarse fácil y gustosamente, crecer holgadamente, multiplicarse exponencialmente, para acabar extinguiendo o desplazando las manadas de estas bestias hasta zonas áridas y de muy difícil acceso y habitabilidad para el humano. Así, en mi opinión, si seguimos esta senda del pan para hoy y el hambre para mañana, acabaremos repitiendo la historia que siempre está condenada a repetirse.

De todos modos, aquí no acaba la historia, pues esta situación ultraturistizada del territorio español provoca mucho más que una supuesta vulnerabilidad del sector al entorno. Por ejemplo, ¿qué crece en España? ¿qué da dinero? ¿qué te permite vivir, formar una familia, divertirte, comer, dormir y algún día morirte en paz? El empleo; y el empleo hace unos años comenzó a girar casi en su totalidad alrededor de esta idea de la economía ociosa. Si España crece no ha sido porque Mercedes-Benz haya abierto una nueva planta en Mérida, o porque una prestigiosa firma de moda decida establecerse en Béjar, o en Medina del Campo se acabe de inaugurar la mayor planta fotovoltaica del mundo. España ha decidido crecer, como hizo en la última década, de la mano de camareros y albañiles. Con todo el respeto del mundo a ambos, estos son los nuevos cazadores y recolectores. ¿Qué pasaba cuando se salía de cacería y no se cazaba día tras día? Pues algo parecido pasa en España. Jóvenes y no tan jóvenes que no acaban por encontrar su sitio en el mundo laboral y, para más inri, muchos de ellos graduados o con estudios que debieran ser superiores o por lo menos proporcionar otro empleo más allá de la hormigonera y el carga y descarga de bares y restaurantes.

Esto, no quiere decir que en España haya malísimos camareros, terribles albañiles y que ser una cosa u otra sea algo vergonzoso. Ni mucho menos. No tiene nada de malo ser empleado en alguno de estos ámbitos y es de toda forma fabuloso ser asalariado así. El problema es que parece no apostarse por nada más que esto; por el monocultivo intensivo de turismo y construcción.

Esta situación desenfrenada provoca que: muchos abandonen sus estudios precozmente, otras opciones de trabajo se vean denostadas o incluso descartadas al no poder competir en sus sueldos y, por último, aumente la desigualdad entre ricos y pobres. Al final, al que le viene yendo bien, va a irle mejor porque podrá diferenciarse más fácilmente de aquellos que, al más mínimo resfriado del sector turístico, se vean en la calle. Y al que le fue medio bien, pero se ve en la calle, comienza a irle realmente mal.

Además, siendo realistas, esto del turismo alcanza mucho más de lo imaginable. Muchos comercios, despachos de abogados, farmacias, clínicas, transportes, y servicios en general son consecuencia directa del sector turístico, y por lo tanto igual de vulnerables que el hotel mejor posicionado de la siguiente esquina.

Estamos empezando a sufrir el efecto Disneyland, cuyo mayor exponente es Venecia; una ciudad convertida en parque de atracciones y pizzería los 365 días del año, que hace mucho dejó de ser ciudad para sus ciudadanos para ser otra cosa bien diferente. Porque, como bien saben, Disneyland se construyó para uso y disfrute de toda la familia, no así Venecia, que la hicieron durante siglos los venecianos para sí y hoy queda no más un puñado de ellos  malviviendo en esa joya del mediterráneo.

Al fin y al cabo y por todo ello, nuestro país no aguanta un golpe más y no le queda que aceptar las condiciones que vengan desde Bruselas si quiere seguir palpitando en su caminar; algo triste y vergonzoso, aunque algunos se regocijen presumiendo de  la obtención ayudas mendigadas a la Unión Europea, y es que parece que todo esto no causa especial interés en la gente. Por no hablar de que las ayudas, si bien las recibimos gustosamente, no son ni serán gratuitas. Es decir, España está en un estado crítico; siendo generosos con lo que a crítico se refiere.

España, necesita mucho y de muchos, en todo ámbito. España necesita empleos que no sean comparables a la caza prehistórica ni al chiringuito de la playa. España tiene una urgencia de hacer en lugar de servir; sin dejar por supuesto de servir  y sin que ese hacer se torne en casas de airbnb, hoteles o resorts costeros a los que ir. En España, gracias a sí y a la UE principalmente, contamos con una enorme variedad de ayudas, facilidades, programas, etc. que, por desgracia, no acaban de dar los resultados que se esperare de ellas. Esto se debe a que muchísimas de estas ayudas están planteadas de forma quasi-aleatoria y al por mayor.

Ayudas para todos, cómo sean, dónde sean y después de una larguísima burocracia que no escapa a equivocaciones. Claro, en Europa aún no saben bien que esto es España —y tal vez ni en España; o quizá sí…— y que, como en el PER por ejemplo, a la primera de cambio, no hay bribón que no sea jugón y ayuda que no se vea malparada, desaprovechada y, como no, estafada.

Y bien, con todo esto, es tan sencillo como típico de decir, pero cierto: debemos fomentar, animar y facilitar la empleabilidad, y sobre todo la empleabilidad juvenil.  Debemos dejar que los jóvenes comiencen una nueva vida porque, sin dinero, ni jóvenes ni menos jóvenes van a ser capaces de emprender ningún tipo de proyecto. Y por fomentar, para dejarlo bien claro, me refiero a empezar a valorar la formación profesional; es decir, asistir a los que aprenden a hacer, crean y sostienen una riqueza fundamental para el buen devenir de los países. No se vayan a Marruecos, Bangaldesh o Vietnam a compararse, si no mejor a Alemania, República Checa, Italia o Francia, países en los que más o cerca de la mitad de los jóvenes deciden estudiar una FP. Así, no es casualidad que estos países, aún teniendo grandes atracciones turísticas —Francia, Italia— sean grandes potencias manufactureras que crean, emplean, exportan y generan riqueza fuera de su sector del ocio o primitiva caza y recolección de la que hemos venido hablando.

España, necesita quitarse la titulitis actual que construye facultades ineficientes, emplea profesores sin vocación, expide títulos inempleables y forma jóvenes desubicados en un mundo tan intenso como el de nuestros días, para volcarse en crear los mejores profesionales de nuestro entorno, sin descuidar las universidades que ya tenemos; y cuidar las, a día de hoy, descuidadas.

Sí, España necesita mucho. Pero entre muchos la carga es leve, y a hombros de todos y en la dirección correcta el camino se recorre como un mero trámite, y la mochila es liviana para quien aprendió y se formó para llevarla antes de emprender su camino.

Recuerden que, como nos fue a pasar 10.000 años atrás, el ser humano siempre creció más y mejor desde la orilla de un buen río, con los recursos en buena cuenta, los jóvenes bien atentos y formados, y el tiempo suficiente para dedicarlo a lo no tan puramente esencial; a lo superfluo; a lo que nos acaba haciendo humanos y deshaciendo salvajes.

Un artículo de Francisco Javier Herrero De las Heras

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